EL “RUGBIER DE LA DÉCADA”
Agustín Pichot: “En el rugby había un rey e iluminados; partes que no servían”.
Festejó Navidad con los toba, con quienes hace un trabajo social del que nunca habla. Peleó por justa distribución de la riqueza en Los Pumas. En 2010 pondrá una radio en marcha y tiene ganas de hacer política. Vitamina C.
Por Nacho Levy
Pichot en casa. “No importa cómo se pr actique la solidaridad. Dar es lo más lindo que hay”, dice a Vitamina C.

Su irrupción en las canchas fue divina. Su obra en el rugby, una herejía. La camiseta afuera del pantalón y las medias bajas le pertenecían más a la rebeldía del potrero futbolero que a la solemne formalidad de un rugby encapsulado, elitista y conservador. La avejentada ortodoxia de una cúpula oxidada empezó por fin a toser a mediados de los ‘90, felizmente atragantada por los pelos largos de un mocoso atrevido que amenazaba al ecosistema ovalado, infartando a sus dinosaurios. La gótica leyenda de la Unión Argentina de Rugby todavía contaba, y hasta a veces cuenta, entre los grandes hitos de su historia aquel combate victorioso de Los Pumas contra los Springboks, en el que la Argentina debió esconderse bajo el seudónimo de Sudamérica XV. La proeza se grabó en páginas deportivas y se emitió boca a boca en cientos de quinchos de rugby, omitiendo el guiño falaz de la dictadura y la UAR hacia el más perverso plan de segregación racial en la historia de África. Antes de vulnerar el ingoal sudafricano, el equipo argentino había vulnerado un boicot mundial contra la vigencia del apartheid, que privaba de enfrentamientos internacionales al seleccionado blanco de los verdugos de Nelson Mandela, que por negro y por preso no estuvo en el auspicioso test match.
“En el rugby había monarquías e iluminados. Había un rey, y muchas partes que no servían, pero creo que nuestra generación, ayudada por un buen sentido de la comunicación, logró que la gente lo empezara a vivir de otra manera, con autenticidad”, dice Agustín Pichot, abanderado de Los Pumas en el histórico tercer puesto de la última Copa del Mundo y de la descontractura postergada de un rugby antipopular. “El equipo de los ‘80 comunicaba señoría, hidalguía. Salía a la cancha con el pecho erguido, como un grupo solemne. Y en cambio este plantel logró llegar a todos, para emocionar a un taxista, un empresario o un repartidor de diarios, como era mi abuelo. Los Pumas cubrieron ese abanico, por suerte”.
Apenas un par de décadas atrás, clubes sin sponsors, jugadores con armadura y dirigentes con estirpe feudal pretendían ofrendar una imagen amateurista desde los salones exclusivos de una lógica sectaria, escudada en valores de plastilina que instantáneamente se deformaban al pasar de la oralidad a la realidad, con la exclusión estatutaria de la mujer en algunos clubes y los indispensables 30 apellidos que conformaban a los distinguidos equipos de 15 jugadores. Ricos terceros tiempos protegían a la cofradía aristocrática de los sectores marginados. Cuando no para olvidarlos, los pobres estaban allá, para ayudarlos. Lo importante era que estuvieran allá, lejos. “Pero gracias a Dios, se popularizó el rugby porque era muy injusto que solo fuera de algunos”, repite Pichot.
La bomba atómica de marketing y comunicación, adentro y afuera de la cancha, no dinamitó tierras fiscales, fértiles de valores amateurs y proyectos inclusivos, sino territorios alambrados por una directriz oligárquica que tal vez podría digerir un Fútbol Para Todos, pero un Rugby Para todos, jamás. “Cuando entré a Los Pumas, me cuestionaban que firmara autógrafos. Y yo decía: ‘¿Qué quieren que haga? Son chicos de cinco años’”. Poco a poco, Pichot quebró los prejuicios, movió la formación fija, rompió la estructura y detonó la cápsula sectaria del pensamiento único en el rugby. Mediatizó el juego y expuso su contradicción, enjuagando preconceptos arcaicos maquillados como principios: “Para algunos, abrirse al público era sinónimo de ser marketinero. Por suerte, la sociedad fue cambiando y el rugby viró”. No les dejó opción. Incluso quienes no han podido digerirlo, y subsisten con su rebeldía atravesada en la faringe, debieron aplaudirlo en el podio mundialista, que era absurdo dos décadas atrás: “Todos se identificaron con ese equipo porque era transparente y no tenía nada que esconder”. Todo el rugby argentino lloró con el tercer puesto de Los Pumas. Pichot también. Quería ser campeón.
“Rugbier de la década” lo proclama ahora el diario inglés The Daily Telegraph, que lo vio vencer a la dirigencia añeja del rugby argentino, como venció al poder de la International Rugby Board, para que la Argentina tuviera acceso a una competencia internacional de alto rendimiento. “Me tomó por sorpresa el reconocimiento –confiesa a Vitamina C–, porque no lo esperaba. Desde haber jugado en Inglaterra, hasta el impacto que dieron Los Pumas en el Mundial, deben haber influido muchos factores, pero especialmente esto se debe a ese grupo. Soy una parte de ese equipo, que representa al Tano Loffreda, a Banana Baetti y a todo el plantel”.
Puso a Los Pumas en el podio de un Mundial, y también en el piso de Susana Giménez. Llevó al rugby a picos de rating, y también a la comunidad toba de Derqui. Mucho antes de la distinción del diario inglés, para la cultura Qom Pichot ya se había consagrado: el primer y único rugbier, de la primera y única década en la historia común entre los tobas y el rugby. “El 23 de diciembre estuvimos en la comunidad, celebrando Navidad y haciendo un repaso del año. Es una parte muy importante en mi vida y, si bien no suelo hablar de estas cosas, está bueno poder armar un equipo para ayudar. No importa cómo, ni de qué forma se practique la solidaridad, pero uno tiene que dar, porque es lo más lindo que hay. Cuando se termina una casa nueva en Derqui o cuando un chico del seleccionado argentino agradece que puedan entrenarse mejor, te sentís bien, y eso paga todo. Realmente, vale la pena”. Los 52 tobas en edad escolar que viven en la comunidad Qom están becados en la única escuela a la que pueden acceder por las distancias y las dificultades del transporte. No están becados por el Estado, sino por Pichot, que sin embargo no ha capitalizado su compromiso en términos personalistas. Frente a las caras benefactoras que pagan con asistencialismo sus minutos de televisión, siempre más mediatizadas que las demandas de los pueblos originarios y sus carencias vitales, Agustín entendió siempre que, en esta lucha, no es capitán. Su amistad con Clemente, cacique de la comunidad, ha crecido a fuerza de palabras cumplidas y no de cruzadas vanidosas que venden benevolencia por encima de la causa y sus protagonistas.
No hay un famoso estrenando una obra en Derqui. Hay una comunidad toba resistiendo y creciendo para recuperar sus tierras en el Chaco, con la colaboración de un Agustín y otros nombres que acompañan la lucha, desde atrás. “Creo que es mejor el perfil bajo –remarca–, porque de lo contrario uno puede dañar a la gente que intenta ayudar. Pienso que cuando uno mediatiza mucho puede confundirse el foco, y no está bueno. No es que niegue mi participación. Si me preguntan, lo cuento, pero trato de hablarlo poco”.
La explosión de su imagen, que significó también la explosión del rugby, multiplicó por 1.000 sus ingresos publicitarios y los dividió por 1.000 en el Fondo Puma que él mismo creó, cuando entendió que si la invitación a un programa aumentaba el caché individual y estaba fundamentada en los resultados del equipo, el ingreso no debía caer en un solo bolsillo. Así, con la misma tenacidad que peleó por el sistema de viáticos y el seguro médico de los jugadores, instauró el consenso para destinar un buen porcentaje de los ingresos personales por publicidad a un pozo común que se redistribuyera entre todo el plantel de Los Pumas. Compartió todo eso que el rugby no quería compartir, escondiendo todo eso que el rugby quería aparentar. Hizo mil declaraciones estratégicas ante un grabador y mil movidas sociales off the record. Ahora, hará aire. “Con amigos decidimos hacer radio y sumamos el nombre de ESPN, para trabajar en conjunto. El proyecto será divertido. Estaré involucrado en una sección solidaria, que consistirá en la interacción de once deportistas con espacio para difundir noticias de sus propias fundaciones. ‘Dar más’ tendrá como propósito que podamos jugar en equipos deportistas que trabajamos en iniciativas solidarias”.
Casi ni se lo vio en el último test match que Los Pumas jugaron en Vélez, pero no bien terminado el partido apareció, en la boca del vestuario, acelerado. No corría a una producción. No había cámaras, ni periodistas por detrás. Había 30 chicos de El Campito, el primer equipo de rugby en los 70 años de la Villa 31. “Está bueno lo de Retiro y quiero destacarlo como uno de los lindos proyectos que hoy están surgiendo desde el rugby”. Los pibes entraron al vestuario, para sacarse fotos, y salieron con las medias húmedas de Los Pumas. Con los ojos húmedos también, entre espejos empañados, no por las goteras de alguna imagen empapada de altruismo, sino por las gotas del sudor propio que hasta Pichot aplaudió. Su liderazgo está ahí, en las arengas napoleónicas del último Mundial, en el campo de juego y en el campo social. “Le adjudico al rugby lo que soy, y al rugby llegué por la educación de mis padres. De ellos tomé la templanza y la maduración para aprender y ser solidario, porque solo no podés. En la cancha hay 14 que necesitan de vos y vos necesitás de ellos”.
Recibido de administrador de empresas, lo decretaron marketinero a izquierda y a derecha, pero supo aguantar los golpes y sostener en el tiempo la exposición necesaria para popularizar el rugby. Tal vez haya ganado más plata que ningún otro rugbier argentino, pero con seguridad no será esa su huella en la historia, ni el pelo encarnado que infectó a la elite. “No tengo nada contra los empresarios pero no me reconozco como tal –asevera–. Me gusta buscar desafíos, con ideales altruistas. Así me expongo y así los palazos que recibo. Me gusta generar cambios y pelear para los que necesitan. Si lo que hago tiene un rédito económico, está bien, pero busco la transformación, porque me seduce más que tener plata. Me gusta trascender. Lo económico no te lo llevás a ningún lado”.
Hace política en shorts, en radio o en su casa. La misma rebeldía que le permitió dar vuelta el saco polvoriento del rugby ahora lo pone a la vanguardia de la UAR y del Comité Olímpico Argentino, como asesor: “Me voy a Vancouver, para trabajar desde el COA en la promoción y difusión del rugby, potencializando la estructura de alto rendimiento. Mi aporte es la visión de un deportista que, a mi entender, es lo que falta, gente ligada al campo que pueda volcar sus conocimientos. Porque a veces pareciera que la Argentina se olvida de eso. No solo ahí, sino en todos los ámbitos”.
No es el nueve de oro que soñaron los sanisidrenses que aplaudieron el muro de Posse. Y tampoco es un trotskista en la catedral del rugby. Leyó a Nietzsche y a Isidoro. Y estudió marketing, escuchando Viejas Locas. Pero en su máxima expresión, Pichot es el sello de una revolución rugbística y mediática más sensata que la histórica camaradería del rugby. “De la Argentina me preocupa el nivel de agresión. Hay demasiada violencia intelectual y me enoja que seamos tan envidiosos. Eso nos impide despegar como país y como sociedad”.
Su gestión política, desde antes de abandonar las canchas, generó la piedra fundacional de la nueva era en el rugby argentino: la inclusión de Los Pumas en el torneo de las Tres Naciones, una competencia regular con las potencias, en el calendario internacional. Y fuera del rugby, su incursión en el scrum político abrazado al gobernador de Chubut, Mario Das Neves, se derrumbó “porque estaba verde para dar ese paso”. El 31 de agosto abandonó su cargo como representante de Chubut en Francia. Dice él: “Se rumoreó que tenía gastos reservados, como si asumir esa responsabilidad me hubiera enriquecido. Me resultó cómico. Entendí que me había acercado a la política de forma inocente”. Entiende que la jugada se cortó, pero no se terminó: “Estoy convencido de que Das Neves es honesto. No me siento preparado para la política pero espero volver a hacerlo”.


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